Lo que necesita la transparencia para ser creible

La transparencia está en boca de todos y parece una de las consecuencias naturales del cambio de época, la irrupción de la tecnología digital y en cierto modo un síntoma de la emergencia de la cultura y valores 2.0 . También sin duda un instrumento necesario para la mejora de nuestra calidad democrática.

Siendo España uno de los últimos países en incorporarnos a la ola, no deja de ser sintomático el aluvión legislativo que sufrimos al respecto: ley estatal, leyes autonómicas (la última desde Andalucía) y hasta una ordenanza tipo elaborada por la FEMP que orienta a los Ayuntamientos de España para trabajar en esa senda.

Asimismo, la elaboración de rankings nos invita a una carrera permanente por ver “quien es más transparente”, al tiempo que la palabra se va desgastando con su uso y abuso.  Para hacerla creíble a los ojos de cualquiera, además de leyes y rankings -que están muy bien- necesitamos a mi modo de ver cumplir tres requisitos muy simples:

 

1.- Predicar con el ejemplo. No es creíble capitanear ninguna renovación democrática, si te señalan y asocian a escándalos y casos de corrupción conocidos y que han calado en el imaginario colectivo: No es creíble predicar transparencia y estar unido al “caso Bárcenas”, a “los ERES” o escándalos de naturaleza y alcance similar.

Quien quiera abanderar la transparencia deberá estar muy “limpio”. La renovación democrática tiene que empezar por la de los partidos y la política.  Hay un gran trabajo por hacer y quien lo haga con diligencia e inteligencia logrará seguramente una ventaja competitiva sobre el resto, especialmente sobre quienes creen hipócritamente que no va con ellos o parecen dormidos en los laureles.  Así lo ha puesto de manifiesto la refrescante irrupción de “Podemos” en las recientes elecciones europeas.

En coincidencia con un exhaustivo análisis realizado por Jimenez Asensio en su blog, apuntaría al menos 4 elementos básicos para esa renovación:  las personas (renovación generacional y/o de “caras”), los programas (adaptando la estrategia al cambio de época), los procedimientos de la política (más allá del simple reparto de cargos) y la estructura de los partidos (que necesariamente ha de ser más flexible, abierta, transparente y democrática).

La tecnología hace posible la transparencia hasta grados no conocidos antes y quien quiera estar en la política ha de pasar con holgura ese filtro y predicar con el ejemplo.

 

2.- Marcos institucionales de integridad. La transparencia no se asienta en el vacío. Cada sociedad tiene unos referentes que tendemos a homogeneizar. Si somos socios en Europa, no hay razón para ser menos transparentes que los suecos, por ejemplo, cuyo primer ministro hace pública su correspondencia, los correos que recibe y su agenda de reuniones, entre otras muchas cuestiones.

Institucionalmente hay que definir los referentes propios de actuación en los que nos movemos, que más allá del marco legal común para todos, son límites que cada Organización debe poner para su exposición pública.  Es muy posible que el código ético de un eurodiputado de una formación de izquierdas, no sea el mismo que el de uno de derechas (como hemos visto recientemente con los planes de pensiones y las SICAV).

La sociedad juzgará los de cada cual y la ley actuará también en consecuencia, pero cada institución debe tener y hacer pública su política de integridad, su código ético de actuación, coherente con su visión y valores, así como los mecanismos de seguimiento y sanción para aquellos de sus miembros que lo incumplan. Aquí también vale perfectamente la frase de “lo que no se mide no se mejora”.

 

3.- Instrumentos de gestión, que hagan posible el desarrollo y puesta en práctica de la Transparencia.  La evaluación de políticas y programas, ha de formar parte  y cobrar nuevo protagonismo si queremos avanzar hacia un modelo de rendición de cuentas sistemático, como el que necesitan nuestras Administraciones.

En relación a los códigos y marcos de integridad, los mecanismos para hacerlo operativo, serán Comités de ética   y órganos disciplinarios con la mayor independencia posible, que velen por el cumplimiento de los mismos e incluso tengan potestades sancionadoras.

En la gestión cotidiana, y entre otros elementos de que dispone cualquier institución, no cabe duda que una herramienta de primer orden será la incorporación de contenidos de transparencia en la web institucional.

No se trata aquí de diseñar nuevos portales de transparencia y mucho menos de hacerlos al margen de la web corporativa, sino de diseñar integralmente la web con un concepto abierto y transparente, avanzar a una nueva generación de webs corporativas  (2.0, 3.0…) que desde los valores de un Gobierno Abierto (transparencia, participación, colaboración) incorporen otras funcionalidades acordes con los tiempos.

En definitiva, Webs inteligentes de última generación, que deberán cumplir  nuevos requerimientos técnicos y funcionales bien distintos a los de la web 1.0 y tener como mínimo, unas determinadas características: más simplicidad, menos propaganda, más utilidad, enfoque de servicio, herramientas 2.0,…… ¿Podemos?

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Antonio Díaz Méndez
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